sábado, 12 de junio de 2010

Un mundo (más) feliz.

Después del terremoto, cuando estaban demoliendo el explotado/quemado edificio de la Facultad de Ciencias Químicas, apareció un día un lienzo en el lado que colinda con la Facultad de Derecho. En él se veía el edificio en perfectas condiciones en el fondo y algunos de los profesores ubicados en las primeras escaleras del Foro; todo bajo el emblema "Universitarios, arriba. Arriba de pie" (parte del himno de la Universidad de Concepción, para los que no sepan). Cuando lo vi por primera vez iba con la Vale y yo creo que a ambas nos llenó de algo tan rico y tan triste al mismo tiempo... En mi caso fue una mezcla entre:

  • La pena de ver a diario el edificio en esas condiciones, no sólo por las horas de que pasé ahí, sino porque para mi ese edificio devastado como que concentra en si mismo todo lo que significó el terremoto; todo lo malo que pasó y todo lo malo que, gracias a Dios, no pasó. Verlo me hacía recordar a diario el miedo que me invadió esa noche; no tanto por las incesantes réplicas como por las explosiones sucesivas que en mi casa, a más de 20Km de la U, podía escuchar en ese silencio tétrico mientras rogaba en silencio que, fuera lo que fuera ese ruido de causa entonces desconocida, no se tratara de la ENAP.
  • Orgullo, porque esa simple frase, quizá un poco trillada a nivel interno universitario, en ese momento era todo lo que hacía falta leer. Como cuando, aún en plena crisis; creo que el segundo o tercer día post terremoto, uno de los locutores de Radio Bio Bio dijo "Vamos a salir adelante". Esa frase como que me hizo reaccionar, despertar, renacer quizá. Asimismo nuestro "arriba, de pie" cobró para mi una importancia única, y cada vez que vuelvo a leer el slogan escrito en el lienzo, se me vuelve a hacer el nudo de la garganta que tuve que disimular ese día en que lo vi por primera vez.
Ahí, cuando aún las cosas estaban mal en la ciudad, me di cuenta de que debía disfrutar más de las cosas bellas de la vida. Cosas de la naturaleza y cosas que ha hecho el hombre... Cosas que poco a poco había ido dejando de lado por concentrarme tanto en los problemas universitarios, en los problemas familiares, en los problemas que, sinceramente, a largo plazo son nada frente a lo que me estaba perdiendo. Y me decidí a cambiar eso pero no fue una cosa consciente, fue más un cambio en mi interior, como del corazón. De pronto noto y me maravillo con un picaflor colectando el néctar de las flores frente al Edificio Gustavo Pizarro, o con el maravilloso cuadro que crean las hojas amarillas sobre el pasto verde que crece frente a la laguna de los patos, o se enmudece el mundo cuando suenan con el viento los mástiles de la Plaza del Estudiante, y exalto mi vista con cada árbol, edificio, pieza de arte, fenómeno de la naturaleza que (re) descubro en esta que es mi casa de estudios, pero que después de este año no lo será más. ¿Cómo voy a dejarla sin llevarme eso dentro, bien dentro del corazón? Antes nunca me lo había preguntado.

Hoy, entre otras cosas, pude apreciar el momento exacto en que un árbol caía, víctima de la podredumbre de años sumado a los fuertes vientos de estos días. Luego, a la hora de almuerzo, lo fui a ver de cerca, aprovechando el momento para caminar un rato en torno a la olvidada y descuidada laguna bautizada por mi como Laguna de los sapos. Fue sencillamente fantástico.