martes, 13 de mayo de 2008

He desechado mil amores.

Muchos piensan que es uno más de mis amores psicopáticos, pero no es así. No diré que este es mi único y verdadero gran amor, pues es lo que suelo decir respecto a mis amores psicopáticos.

Lo que me pasa con él no llega a ser sensacional. No se me pararon los pelos cuando lo ví frente a mi, a eso de 3 metros de distancia, en el concierto, ni sentí una conexión especial entre nosotros las veces que, tras mis gritos de niña loca, él miraba y me hacía señas con la mano.

No creo que se hubiera enamorado de mi de haberme quedado después del concierto, ni creo ser su mujer ideal.

Sería absurdo, pues la verdad no sé nada de él. Claro, sé de su June, sé de su Ian, sé de su Calaña y sé de su Marea, pero no sé nada de él. Sé que fuma y que su sonrisa no es la más linda de todas y que cada día está más regio pues antes era pachoncito y ahora pues todo lo contrario... pero no sé nada de él. No sé su color favorito, no sé donde quiere pasar su vejez, no sé ni cosas tan triviales como su visión política o cosas importantes como cuál es su comida favorita.

Pero, por algún motivo, quiero pensar esas cosas locas, quiero pensar que estamos hechos uno para el otro, que mis planes maestros para secuestrarlo son algo serio y no una mera idea tonta de noches de desvelo.

Quiero jurar de guata que se enamoró de mi cuando me vió desde atrás de la batería y soñar despierta que converso con él y me habla con su voz de español y se ríe con su sonrisa tiernucha de guagua grande.

Puede que sea mi necesidad de amar de verdad lo que he concentrado en él, pues al no saber nada de él ni tener muchas posibilidades de conocerlo, es difícil que me desilusione y más que improbable desilusionarlo.

Mientras tanto, ante sociedad y sin tapujos, puedo decir que como amor platónico exclusivo he elegido a Alén Ayerdi, desechando incluso a los que viven en mi misma ciudad, pues a ellos sí tengo oportunidad de conocerlos y pues bueno, si es así entonces pierde la gracia.