martes, 7 de diciembre de 2010

Algo de mi infancia I

En estos días me he acordado de cuando íbamos con Sb al trabajo de mi papá, en el puerto de Talcahuano; con buques marino mercantes.

Recuerdo cuando pasaba desde el puerto a los remolcadores con ayuda de los operarios; pisando los neumáticos que recubren a estos barcos y con el mar, turbio e infinito, bajo mis pies por algunos segundos. Obviamente siempre lo hacía aterrorizada, pero a la vez me encantaba la experiencia y es algo que, nostálgica, me gustaría repetir.

También cuando compartíamos con el personal de los buques (no sé el nombre técnico), que casi siempre eran Filipinos (razón por la cual hasta ahora aún me es relativamente fácil reconocer sus facciones frente a las demás etnias orientales), probando a veces sus comidas, caminando por esos pisos de metal en los que estos hombres vivían y, en algunos casos, morían.

El capitán  muchas veces nos hacía pasar a sus aposentos privados, que eran totalmente lujosos y donde nos llenaban de regalos y nos daban comidas que acá no llegaban aún y en algunos casos ya creo que nunca van a llegar, como la Sprite con limón, que era mi favorita y siempre ansiaba que tuvieran en los buques a los que iba... O las latas que se abrían diferente al sistema de acá y que tenían caracteres japoneses, o rusos, o chinos, etc.

Recuerdo con especial fervor un buque cuyo Capitán era una mujer rusa extremadamente alta (para los estándares a los que estaba acostumbrada). Me fascinó que estuviera a cargo de tantos hombres en la cruda altamar, que fuera rusa, que me regalara sin más preámbulos una revista de la que me enamoré porque salían Barbies que jamás había visto... Y quise ser como ella; una mujer Capitán de un buque kilométrico que cargara cientos de containers por todo el mundo...

También había un capitán que viajaba con su esposa, la cual me regaló un Koala de peluche que aún conservo. Es el peluche más similar a un animal real que he visto en mi vida, al menos de cara y a otro capitán que quedó prendado de mi mamá y que tenía un puzzle de un velero convertido en cuadro; completamente hermoso.

Recuerdo como dije que nos llenaban de regalos; salíamos literalmente con bolsas LLENAS de cosas simplemente por ir a visitarlos, sin jamás pedir nada. Nunca me he explicado por qué esas muestras de cariño tan grandes, aunque imagino que después de tanto tiempo en el mar un poco de calor de familia siempre es muy valorado.

Me encantaba ir a la oficina de Lirquén, donde podía jugar con una máquina de escribir electrónica!!, que en la oficina de Talcahuano había montones de cosas geniales, como timones, mascarones de proa, fotocopiadoras, enormes buques a escala, pica papeles, cinta adhesiva blanca de esa que se corta con los dedos, radios y walkie talkies... en fin; muchísimas cosas que a muchos ahora le pueden parecer comunes, pero para mi eran el paraíso.

Era una experiencia genial, a pesar de que estaba muy niña para disfrutarlo en plenitud (mi papá, por ejemplo, sólo 1 ó 2 veces me dejó bajar a la sala de motores de los buques por ser muy peligrosa).

Fueron buenos años para mi, no puedo negarlo. Un grandioso recuerdo para guardar en el corazón.