miércoles, 20 de junio de 2012

De cómo conocí a mi marido

Como lo prometido es deuda, acá viene un resumen detallado de cómo, en el aeropuerto de Sola, SVG, conocí al hombre de mi vida.

Desde que eramos solo amigos, que Steffen me invitaba a que viniera a verlo. No sé qué tan en serio era la invitación, a esta altura es poco lo que importa, pero la idea estaba presente desde ya. Una vez que empezamos a pololear, casi al instante entramos a ver la factibilidad de concretar el viaje, de conocernos en persona finalmente y ver si la relación iba para algún lado.
Manejamos diversas fechas; todas sujetas principalmente a mi avance de la tesis, que estaba retrasada en casi un año después de que se me pudrieron las uvas por el mes sin electricidad que estuvimos en Concepción después del terremoto del 27/F.
Al final, más porque estábamos desesperados por estar juntos que porque tuviéramos una fecha estimada de cuándo iba a terminar la tesis, decidimos comprar los pasajes. Partía desde Santiago de Chile (SCL) el 18 de Enero del 2011, con escalas en Madrid y Amsterdam, para llegar el 19 de Enero a Stavanger, y me regresaba el 12 de Abril (Stavanger-Oslo-Frankfurt-Santiago). Tres meses. Lo sé, no estábamos bien de la cabeza. Ambos estábamos dispuestos a pasar 3 meses con una persona con la que jamás nos habíamos visto y que bien podría haber sido nuestra peor pesadilla. Pero bueno, estábamos enamorados como tontos, era una gran inversión como para un viaje de 15 días y la idea era conocernos lo más posible. Todo cuadraba, 3 meses era la mejor idea.
Recibí comentarios de todo tipo; desde que admiraban mi valentía hasta que estaba loca y que seguro iba a volver en pedacitos a Chile. De todo.
Yo traté de ser lo más fría de cabeza posible; hablamos con Steffen acerca de la posibilidad de que simplemente no nos lleváramos, sin que él fuera un psicópata asesino ni yo una loca de patio. Él prometió que si no resultábamos, no me iba a echar a la calle en los fríos días de invierno; que dependiendo de qué tan mal nos lleváramos, me podía dejar quedarme con él hasta mi regreso, o bien me daría unos días para buscar dónde ir mientras tanto. En el fondo ambos teníamos la certeza de que iba a resultar, pero era mejor tener las cosas claras.
Si no resultaba bien, yo me iba a poner en contacto con una tía (que apenas conozco, pero igual) que vive en Suecia. Si no, en el peor de los casos, no me parecía tan loca la idea de irme a Finlandia (<3) a conocer, o algo así. Si no, algo surgiría. No me iba a morir si la cosa no resultaba. Ese era mi pensamiento frío y metódico, pero mi otro lado sabía que iba a estar devastada si lo nuestro no iba bien. Pero sabía que sí iba a resultar.
El tiempo pasó, no terminé la tesis, pero partí igual. Partí en bus desde Concepción a Santiago acompañada por mi papá y de ahí a mi locura de amor.
Primera vez en un avión por más de 1 hora (antes sólo había andado en el trayecto Concepción-Santiago-Concepción que toma alrededor de 50 minutos), primera vez fuera de Chile, primera vez sacrificando tanto por amor; primera vez saliendo de mi zona de confort.
El viaje duró millones de horas; ya no me acuerdo de las escalas, pero pasé como 18 horas sólo arriba de aviones. Me perdí varias veces en el aeropuerto de Barajas (Madrid), me enamoré del aeropuerto de Amsterdam (y de la gente tan amorosa también) y babeé durante todo el viaje Amsterdam-Stavanger porque el avión era fantástico, porque el cielo, las nubes, el sol, toda la vista era maravillosa y finalmente llegué a Stavanger.
Recogí mi maleta, me acomodé para llevar todo como pude y mientras caminaba hacia la salida me enfrenté a la realidad. Después de ser tan metódica como pude durante el viaje y concentrándome netamente en el viaje mismo, de pronto reaccioné. Mierda, lo voy a conocer.
El apretón en la guata me duró menos de un minuto, porque casi al instante subí la mirada y lo vi. Lo vi. Real. A menos de 10 metros. Su piel blanca. Sus ojos azules. Su barba naranja. Su pelo milimétrico brillando rubio bajo la luz. Fue la primera persona que vi. No había mucha gente en todo caso. Sólo él y un par más en un asiento. Segura que es él? Miré a los del asiento. No tengo idea cómo eran, pero sabía que al principio le había acertado. Ahí estaba. Ahí estaba el amor de mi vida.
Todo eso pensé mientras caminé los 5-10 metros que nos separaban.
Después, ya estábamos abrazados, ya le estaba dando un beso en el cuello y luego uno (o muchos) en la boca. Abrazados. Me parecía tan irreal; me costó volver a la realidad, sacar a mi cerebro de la zona nebulosa donde se había metido desde que lo vi, dejarlo ir para poder caminar. Fue muy raro. Apenas pude hablar. Recuerdo su aroma a la perfección. El aroma de la tarde cuando salimos del aeropuerto. La sensación de abrazarlo, tan irreal. Nuestros besos, tan nuevos y tan esperados, tan cercanos y tan extraños al mismo tiempo. Los besos que mejor recuerdo son los que nos dimos atrás del auto, luego de guardar mi maleta en el maletero y antes de subirnos para venir a casa. Fueron esos besos los que me reconectaron, me hicieron darme cuenta de que lo que estaba viviendo era la realidad y no un sueño; los besos y el aroma de su cuerpo y el viento frío y el aroma de esa tarde de invierno.
En el camino hablamos poco y no recuerdo bien de qué. Supongo que del viaje. Les avisé a mis papás que había llegado, que estaba con él en el auto, que íbamos camino a la casa. Nos detuvimos en un restaurante chino, ese era el plan para cenar. Nos detuvimos en el estacionamiento y nunca salimos del auto; no me importaba la comida, yo sólo quería que nos besáramos. Ahora que pienso en eso, me da pena, porque imagino que él habrá tenido hambre y yo no lo dejé comer. En realidad yo no había comido en más de 10 horas, pero, ¿quién podía pensar en comida, luego de esperar tanto por él?
Nos vinimos al departamento, conecté la realidad con el mapa mental que tenía del lugar en base a lo que conocía a través de Skype. Yo estaba agotada y esa noche dormí como nunca, rodeada por sus brazos y por su aroma, en su cama, con sus besos, con su amor.
Él me dice que al otro día despertó y me buscó en la cama y no me encontró, y pensó que todo había sido un sueño, pero después se dio vuelta y notó que a ese lado sí estaba yo; que de verdad estábamos juntos.
De esos primeros días tengo pocos recuerdos claros; sé que al otro día fuimos al bosque a caminar, con el frío y la nieve y mi terrible estado físico, que Steffen se reía de que todo me llamaba la atención (todo lo que se refiera a nieve-hielo era algo nuevo para mi; en Concepción yo creo que no nieva desde la Era Glaciar). Saqué fotos de todo, de nosotros, de él. Era maravilloso tener fotos de nosotros juntos; ya no más pantallazos de Skype para aparecer "juntos".

Dentro de ese tiempo conocí a gran parte de su familia, lo conocí a él, dejé que ellos me conocieran. Tuvimos diferencias, discusiones, problemas. Pero sobre todo, tuvimos muchos, muchos momentos maravillosos. Y otros todavía más espectaculares. Tuvimos casi una vida de pareja normal, con el pequeño detalle de que día a día, más cerca estábamos de mi regreso.

Las últimas semanas se fueron tan rápido... y los últimos días yo podía hacer poco más que llorar. Llorar mientras nos abrazábamos, mientras pensábamos cómo lo íbamos a hacer para estar separados de nuevo, y a veces cuando miraba a Steffen en las mañanas mientras tomábamos desayuno, con el sol haciendo brillar sus ojos azules. Lloré mucho. Pero lamentablemente eso no cambió el hecho de que el 12 de Abril tuve que tomar el vuelo de regreso a Chile. Nos despedimos con la promesa de que nos íbamos a ver pronto (ya habíamos comprado los pasajes para que Steffen viajara a Chile en Julio-Agosto) y con la certeza de que queríamos estar juntos para toda la vida.
Nuestra primera foto juntos.